20 mar 2009

PRESERVATIVO VERSUS ABORTO

Sobre la campaña de la conferencia episcopal en contra de la modificación de la ley reguladora del aborto, recomiendo leer el artículo xornalaberto ( aunque se tenga que hacer un pequeño esfuerzo para entender el Gallego, nuestra lengua hermana).

En principio no pensaba meterme en este terreno, he cambiado de intención espoleado por las declaraciones que el Papa ha soltado por tierras africanas,

Hace unos meses leí un artículo en el que se afirmaba que “el aborto” es un fracaso de la sociedad. Partiendo de esta afirmación podemos razonar que si, que es un fracaso en la no utilización de los métodos anticonceptivos o en su utilización fallida por ignorancia.
Dejo a un lado lo que podríamos definir como “aborto terapéutico”, (grave enfermedad de la gestante con peligro de su vida, malformaciones en el feto, violaciones…que no se deben a las malas praxis anticonceptivas)

El aborto es un acto que nadie desea. Haciendo un difícil ejercicio mental, me meto en la piel de una mujer, podría ser una jovencita, que se enfrenta a tener que decidir entre abortar o no. Reconozco que es un trago difícil de digerir. Por eso entiendo que la llegada a esta situación está motivada por el fracaso de la aplicación de los medios preventivos.
Ojo no me vale el hablar de la abstinencia, pues ya que me he metido en el pellejo de la joven embarazada, puedo repetir la experiencia y hacerlo ahora introduciéndome en la camisa de un creyente, seguro que llegaría a la siguiente conclusión: “Si Dios hubiera querido limitar mis apetitos sexuales, habría hecho que mis glándulas productoras de testosterona no trabajaran continuamente…”
Pues bien si el follar es un acto natural, que en el pasado fue fundamental para la conservación de nuestra especie, ya que para paliar la gran mortalidad infantil era necesario la producción masiva de embarazos, en el presente no se requiere esta producción de gestaciones, pero ¡que mala leche! las glándulas sexuales siguen con la misma actividad. Me meto otra vez en la túnica del creyente y digo: “Menos mal que Dios nos ha dado el don de la inteligencia para desarrollar métodos anticonceptivos, así han surgido los condones, los dius, las píldoras, los atados de trompas, las vasectomías…para evitar la descendencia no deseada o la sobrepoblación”

Aunque el debate, como ha dicho el ministro, no está en esta ocasión entre el “si” o el “no”, éste fue cerrado hace muchos años, hay que decirles a los obispos, que si están por la verdadera labor de evitar el mayor número de interrupciones voluntarias del embarazo, deben de abandonar las burdas campañas utilizando al pobre lince ibérico, y dedicar más esfuerzos a la información educativa de los jóvenes para la correcta utilización de los métodos anticonceptivos.
Al contrario, ahora los prelados españoles intensificarán su campaña aprovechando la carnaza producida durante el paseo del Papa Benedicto por África, el continente con mayor número de víctimas del SIDA, al soltar un ataque furibundo contra la utilización del preservativo.
Sólo nos quedará un método democrático para hacer que los obispos se dediquen a lo suyo, consiste en votar a los Genoveses en todas las próximas elecciones. Acuérdate, lector, que en los últimos veinte años sólo han estado los obispos callados, sin intervenir en política, los ocho nefastos años del gobierno del PP. El coste es muy alto, pero termino con un lugar común: Quien algo quiere algo le cuesta.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sugiero la lectura de este artículo publicado ayer 24 en El País:

Obispos, aborto y castidad

La Iglesia católica ha puesto en marcha una campaña fundamentalista con el fin de paralizar la revisión de la ley de aborto vigente. Pero también prohíbe la contracepción. Sólo permite la castidad o el natalismo salvaje Por JESÚS MOSTERÍN

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Obispos/aborto/castidad/elpepiopi/20090324elpepiopi_11/Tes/



La actual campaña de la Conferencia Episcopal contra los linces y las
mujeres que abortan pone de relieve el patético deterioro de la formación
intelectual del clero, que si bien nunca ha sobresalido por su nivel
científico, al menos en el pasado era capaz de distinguir el ser en potencia
del ser en acto. ¿Dónde quedó la teología escolástica del siglo XIII, que
incorporó esas nociones aristotélicas? ¿Qué fue de la sutileza de los
cardenales renacentistas? La imagen de deslavazada charlatanería y de
enfermiza obsesión antisexual que ofrecen los pronunciamientos de la
jerarquía católica no sólo choca con la ciencia y la racionalidad, sino que
incluso carece de base o precedente alguno en las enseñanzas que los
Evangelios atribuyen a Jesús.

La campaña episcopal se basa en el burdo sofisma de confundir un embrión (o
incluso una célula madre) con un hombre. Por eso dicen que abortar es matar
a un hombre, cometer un homicidio. El aborto está permitido y liberalizado
en Estados Unidos, Francia, Italia, Portugal, Japón, India, China y en
tantos otros países en los que el homicidio está prohibido. ¿Será verdad que
todos ellos caen en la flagrante contradicción de prohibir y permitir al
mismo tiempo el homicidio, como pretenden los agitadores religiosos, o será
más bien que el aborto no tiene nada que ver con el homicidio? De hecho, el
único motivo para prohibir el aborto es el fundamentalismo religioso.
Ninguna otra razón moral, médica, filosófica ni política avala tal
proscripción. Donde la Iglesia católica (o el islamismo) no es prepotente y
dominante, el aborto está permitido, al menos durante las primeras semanas
(14, de promedio).

Una bellota no es un roble. Los cerdos de Jabugo se alimentan de bellotas,
no de robles. Y un cajón de bellotas no constituye un robledo. Un roble es
un árbol, mientras que una bellota no es un árbol, sino sólo una semilla.
Por eso la prohibición de talar los robles no implica la prohibición de
recoger sus frutos. Entre el zigoto originario, la bellota y el roble hay
una continuidad genealógica celular: la bellota y el roble se han formado
mediante sucesivas divisiones celulares (por mitosis) a partir del mismo
zigoto. El zigoto, la bellota y el roble constituyen distintas etapas de un
mismo organismo. Es lo que Aristóteles expresaba diciendo que la bellota no
es un roble de verdad, un roble en acto, sino sólo un roble en potencia,
algo que, sin ser un roble, podría llegar a serlo. Una oruga no es una
mariposa. Una oruga se arrastra por el suelo, come hojas, carece de alas, no
se parece nada a una mariposa ni tiene las propiedades típicas de las
mariposas. Incluso hay a quien le encantan las mariposas, pero le dan asco
las orugas. Sin embargo, una oruga es una mariposa en potencia.

Cuando el espermatozoide de un hombre fecunda el óvulo maduro de una mujer y
los núcleos haploides de ambos gametos se funden para formar un nuevo núcleo
diploide, se forma un zigoto que (en circunstancias favorables) puede
convertirse en el inicio de un linaje celular humano, de un organismo que
pasa por sus diversas etapas de mórula, blástula, embrión, feto y,
finalmente, hombre o mujer en acto. Aunque estadios de un desarrollo
orgánico sucesivo, el zigoto no es una blástula, y el embrión no es un
hombre. Un embrión es un conglomerado celular del tamaño y peso de un
renacuajo o una bellota, que vive en un medio líquido y es incapaz por sí
mismo de ingerir alimentos, respirar o excretar -no digamos ya de sentir o
pensar-, por lo que sólo pervive como parásito interno de su madre, a través
de cuyo sistema sanguíneo come, respira y excreta. Este parásito encierra la
potencialidad de desarrollarse durante meses hasta llegar a convertirse en
un hombre. Es un milagro maravilloso, y la mujer en cuyo seno se produzca
puede sentirse realizada y satisfecha. Pero en definitiva es a ella a quien
corresponde decidir si es el momento oportuno para realizar milagros en su
vientre.
El niño es un anciano en potencia, pero un niño no tiene derecho a la
jubilación. Un hombre vivo es un cadáver en potencia, pero no es lo mismo
enterrar a un hombre vivo que a un cadáver. A los vegetarianos, a los que
les está prohibido comer carne, se les permite comer huevos, porque los
huevos no son gallinas, aunque tengan la potencialidad de llegar a serlas.
Un embrión no es un hombre, y por tanto eliminar un embrión no es matar a un
hombre. El aborto no es un homicidio. Y el uso de células madre en la
investigación, tampoco.

Otra falacia consiste en decir que, si los padres de Beethoven hubieran
abortado, no habría habido Quinta Sinfonía, y si nuestros padres hubieran
abortado el embrión del que surgimos, ahora no existiríamos. Pero si los
padres de Beethoven y los nuestros hubieran sido castos, tampoco habría
Quinta Sinfonía y tampoco existiríamos nosotros. Si esto es un argumento
para prohibir el aborto, también lo es para prohibir la castidad. Pero tanta
prohibición supongo que resultaría excesiva incluso para la Iglesia
católica. Una de sus múltiples contradicciones estriba en que impone un
natalismo salvaje a los demás, mientras a sus propios sacerdotes y monjas
les exige el celibato y la castidad absoluta.
Desde luego, la contracepción es mucho mejor que el aborto, pero la Iglesia
la prohíbe también (siguiendo en ambos casos al ex-maniqueo Agustín de
Hipona, no a Jesús). Tanto el anterior papa Wojtyla como el actual papa
Ratzinger se han dedicado a viajar por África y Latinoamérica despotricando
contra los preservativos y el aborto, lo que equivale a promover el sida y
la miseria. En cualquier caso, la contracepción puede fallar. A veces el
embarazo imprevisto será una sorpresa muy agradable. Otras veces, llevarlo a
término supondría partir por la mitad la vida de una mujer, arruinar su
carrera profesional o incluso traer al mundo un subnormal profundo o un
vegetal humano descerebrado. Sólo a la mujer implicada le es dado juzgar
esas graves circunstancias, y no a la caterva arrogante de prelados, jueces,
médicos y burócratas empeñados en decidir por ella. El aborto es un trauma.
Ninguna mujer lo practica por gusto o a la ligera. Pero la procreación y la
maternidad son algo demasiado importante como para dejarlo al albur de un
descuido o una violación. El aborto, como el divorcio o los bomberos, se
inventó para cuando las cosas fallan.

Muchas parejas anhelan tener hijos, muchas mujeres desean quedar embarazadas
y esperan con ilusión el nacimiento de la criatura. El infante querido y
deseado suele estar bien alimentado y educado, colmado de cariño y
estimulación y (salvo raro defecto genético) su cerebro se desarrolla bien.
Por desgracia, el mundo está lleno de madres violadas o forzadas y de niños
no deseados, abandonados a la mendicidad y la delincuencia, famélicos, con
los cerebros malformados por la carencia alimentaria y la falta de
estímulos, carne de cañón de guerrillas crueles y explotaciones prematuras.
La jerarquía eclesiástica se ensaña con esas mujeres desgraciadas. El
cardenal nicaragüense Obando y Bravo se opuso al aborto terapéutico de una
niña de nueve años, violada, enferma y con su vida en peligro. Hace un par
de años, la Iglesia de Nicaragua acabó apoyando políticamente al dictador
Daniel Ortega a cambio de que éste prohibiese definitivamente el aborto
terapéutico. Hace unas semanas el arzobispo Cardoso ha excomulgado en Brasil
a la madre de otra niña de nueve años violada por su padrastro y en peligro
de muerte por su embarazo doble, así como a los médicos que efectuaron el
aborto. En 2007 se hizo famoso el caso de Miss D, una irlandesa de 17 años
embarazada con un feto con anencefalia, es decir, sin cerebro ni parte del
cráneo, condenado a ser un niño vegetativo, ciego, sordo, irremediablemente
inconsciente, incapaz de percibir, pensar ni sentir nada, ni siquiera dolor.
Las autoridades impidieron que Miss D fuera a Inglaterra a abortar, aunque
más tarde los tribunales anularon la prohibición. Los grupos católicos
fanáticos presionan para que se impida a las irlandesas que viajen a
Inglaterra a abortar, lo que choca con la legislación comunitaria, que
garantiza la libertad de movimientos en la UE.

En España misma, el año pasado, una mujer preñada de un feto con
holoprosencefalia, condenado a morir al nacer o a vivir como vegetal, tuvo
que ir a Francia a abortar. El derecho a abortar es para muchas mujeres más
importante que el derecho a votar en las elecciones, y ha de serles
reconocido incluso por aquellos que personalmente jamás abortarían. En 1985
se aprobó la reforma del Código Penal para cumplir a medias y mal el
programa electoral del PSOE. Desde entonces, tanto los Gobiernos de Felipe
González como de Zapatero se han dedicado a marear la perdiz, diciendo que
no era el momento oportuno y que había que esperar a que los obispos dejasen
de vociferar. Pero los obispos nunca van a dejar de vociferar. Después de 24
años de remilgos, espero que los socialistas se decidan finalmente a
liberalizar el aborto dentro de las primeras semanas del embarazo. Tampoco
hace falta ser tan progre para ello. Margaret Thatcher lo tenía ya
perfectamente asumido hace 30 años.

Jesús Mosterín es profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del
CSIC.